Olvidados ya los Reyes Magos, es el momento de pensar en qué pedimos para este año a Miyazaki, Aonuma y Todd Howard. Por lo visto no hubo repasito al estrenar 2021, así que no podemos copiar y pegar aquel artículo. Ojalá –y esta vez somos sorprendentemente optimistas, en ese sentido– tampoco podamos hacer trampas el año que viene.

por Óscar Gómez

Teniendo en cuenta la extensísima cantidad de juegos AAA previstos para este año, aquí me vais a permitir ser más o menos obvio con una de mis elecciones. El primero en mi lista, y probablemente de casi cualquiera que haya jugado la primera entrega, es la secuela de Breath of the Wild, que a pesar de no tener siquiera un nombre oficial me veo en la obligación (probablemente en parte por ambición propia) de confiar en que lo veremos durante 2022.

Lo que me llama la atención aquí no es pensar en cómo van a reformular el mundo abierto en sí mismo, porque ya revolucionaron suficientemente las bases del género en 2017, sino cómo van a mantener sus sensaciones en una Hyrule que ya hemos explorado. Esa sensación constante de descubrimiento, esa narrativa emergente y esas mecánicas orgánicas que son el resultado de la suma de todos sus sistemas, pueden parecer inalcanzables en un universo que ya hemos recorrido, aunque el tráiler enseñado durante el pasado E3 dio nuevas esperanzas en este sentido. Parece claro que el terreno de la región se expandirá de alguna forma (¿con plataformas flotantes o una especie de Hyrule alternativo?) y Link tendrá nuevas posibilidades jugables (¿que sustituirán o complementarán a la piedra sheikah?), pero más allá de teorías ya solo queda ver cómo encara Nintendo el siguiente paso en una de sus sagas emblema.

Aunque tal vez durante el final de año hemos podido sufrir más de la cuenta la sobreexposición de tráileres del juego, Sifu sigue sin perder el encanto. Y ya no porque venga de los creadores de Absolver, que da pistas sobre su base, sino por esta particular mecánica que hará envejecer a nuestro personaje al morir y cambiará progresivamente el gameplay, hasta que irremediablemente muramos de forma definitiva. Todo esto, además, llega a través un arte visual que recuerda al estilo artístico de algunos de los clásicos del kung-fu, que además parece que estará repleto de detalles vistos los recientes avances de los afortunados que han podido probarlo.

En cualquier caso, y estos mismos avances parece que también han podido confirmarlo, lo que podría ser el punto fuerte de Sifu es el propio combate y la renovación y modernización de los yo contra el barrio. Se ve fresco, rápido y ágil, un beat ‘em up que quiere llevar la experiencia más clásica a su máximo exponente con poco más que los inputs de atacar y defender pero sin perder profundidad, con un combate que apunta a desafiar al usuario en cada enfrentamiento y donde nunca deberemos bajar la guardia.

Esto no sé si es un tiro a tablero o una apuesta arriesgada, pero aquí voy a tirar por el retrasito de Starfield. Aunque los últimos desarrollos propios de Bethesda no han salido como nos hubiera gustado a muchos, se echa en falta una experiencia rolera al estilo de The Elder Scrolls o Fallout, cosa que propio equipo de desarrollo prometió con aquella descripción como un “simulador de Han Solo” o, directamente, al definirlo como “Skyrim en el espacio”.Desde luego, no es por falta de ganas de un juego cuya premisa es el juego de rol definitivo con un universo para explorar, pero el anuncio de una fecha de lanzamiento tan concreta con un año y medio de antelación me suena más arriesgado de la cuenta, y ese 11 de noviembre deja a Starfield a un retrasito de apenas dos meses de llegar al año siguiente. Aunque en este punto ya no hay tantas esperanzas por mi parte ni a pesar las palabras de Todd Howard, cuando mencionó que tiene “confianza en la fecha” (qué va a decir el hombre el mismo día del anuncio), desde aquí se sigue bancando a Starfield; eso sí, como GOTY 2023.

por Marta Trivi

Si algo demostró The Council es que en Big Bad Wolf Studio saben muy bien cómo construir un complejo thriller de intrigas. En el debut del estudio francés teníamos asesinatos, traiciones y planes secretos, con los que debíamos de hacer cábalas aprovechando lo mejor posible las habilidades dialécticas de nuestro personaje. La escritura de este título episódico era tan sólida que es difícil no confiar de forma ciega en que sus responsables podrán hacer lo mismo con Swansong, casi el único acercamiento a Vampiro la Mascarada que parece tener claro que el juego de rol tiene mucho más de lucha por el poder que de combates descarnados entre criaturas sobrenaturales.

Los dos retrasos, que han llevado el lanzamiento desde finales del 2021 hasta el segundo trimestre de 2022 no parecen preocupantes: La experiencia de The Council acabó por estropearse a causa de los numerosos bugs y fallos en el rendimiento que lastraban sus dos últimos episodios. Que el estudio haya aprendido de sus errores y reconozca la necesidad de ofrecer experiencias más pulidas sólo puede beneficiarnos como jugadores. El futuro de la Camarilla peligra en Boston. De una forma u otra, correrá la sangre.

En el contexto de un evento de extinción masiva como puede ser el calentamiento global es difícil encontrar ficciones que aúnen el tecnopositivismo con la ecología del modo que lo hace Terra Nil. Su primera demo, lanzada en el contexto del penúltimo festival de Steam, invitaba a usar diferentes herramientas de origen alienígena para devolver un contaminado yermo a su estado natural, a un bello equilibrio por el cual la flora, la fauna y el ambiente lograran retroalimentarse; tras lo cual debíamos eliminar toda huella de nuestra presencia. Nuestro objetivo es, por tanto, deshacer la maldad humanidad.

Pero Terra NIl no solo solo desafía con su propuesta el clima social sino que contradice a todos aquellos juegos de estrategia cuya condición de victoria solo se alcanza tomando y esquilmando, almacenando recursos y sometiendo con ellos a la naturaleza en pos de la gloria humana. Me gusta pensar, a menos de cinco minutos de que todo acabe con un pequeño apagón en lugar de con un gran bang, que hay gente que cree que habrá belleza una vez nos hayamos marchado. Que piensan que si hay algo ahí, mirando desde las estrellas, es capaz de entender dónde se encuentra de verdad lo valioso. Me gusta como piensa Terra Nil, me relaja la forma en la que se siente, y me complace ver como un juego post apocaliptico no lo reduce todo, de nuevo, a los problemas de los humanos y la lacra de la violencia.

Año tras año, historia tras historia, hemos interiorizado los mecanismos que hacen que una narración funcione. De forma instintiva ya sabemos los lugares en los que se sitúan los giros, la manera en la que actúa la motivación de los protagonistas, el instante concreto en el que debe empezar a despegar el climax o cuándo termina una historia. De la misma manera también conocemos los tropos; el de los trágicos y jóvenes amantes, el del valeroso caballero, destinado a derrotar al dragón, y el de la princesa encerrada por el valor de su corazón puro. Y porque los reconocemos podemos desafiarlos. Usarlos como las piezas de un puzle que encierra muchas sorpresas.

En Storyteller tenemos que usar diferentes personajes para narrar una serie de historias que van desde la trama de populares novelas hasta conocidas situaciones bíblicas. Lo que hace única a esta propuesta de Daniel Benmergui es que parece estar pensada para empujar al jugador a salirse del guión conocido y experimentar con las situaciones. Así, jugando con las reglas en lugar de con el juego, podemos conseguir que la malvada bruja triunfe sobre el bien o que Adam y Eva no acaben condenados. La historia la contamos nosotros y Storyteller nos anima a pasar de los cuentos y adentrarnos, viñeta a viñeta, en un terreno tan absurdo como original.

por Víctor Martínez

Una persona más prudente pondría en esta lista Gran Turismo 7; una más evidente pondría Elden Ring; una más honesta pondría Bayonetta 3. Una persona más interesante pondría Thirsty Suitors, y una más inteligente pondría Hindsight. Una persona más moderada pondría Horizon: Forbbiden West; una más divertida pondría Earth Defense Force 6; una más optimista pondría Starfield; una más nostálgica pondría Advance Wars 1+2: Re-Boot Camp; una más segura de sí misma pondría Crankin’s Time Travel Adventure; una más soñadora pondría Beware; una más sensata pondría Silksong. Una persona menos cínica pondría Forspoken o The Outer Worlds 2 o God of War Ragnarok. Y sin embargo no puedo ser otra persona que no sea yo mismo, y no puedo resistir la tentación de confesar el delito y reconocer que espero Stranger of Paradise: Final Fantasy Origin, el indescriptible Ecce Homo de Borja del Team Ninja, con unas ganas totalmente injustificadas y puede que injustificables. Citando a Jack, el protagonista del juego (¡¡¡Jack!!!): “Bullshit”.

La intelligentsia nintendera seguramente tenga toda la atención puesta en “La secuela de The Legend of Zelda: Breath of the Wild” (título provisional), y es probable que esa fijación insana le quite a Kirby y su tierra olvidada una parte del protagonismo que parece merecer. Los juegos de Kirby suelen ser de movimiento lento, introduciendo pequeñas variaciones sobre las inmortales mecánicas de la serie a un ritmo lentísimo pero en el que siempre ha habido un algo de juguetón respeto a las tradiciones. Esta nueva entrega parece incluir ideas más claramente nuevas dentro de la serie, una circunstancia no imprescindible pero sí bienvenida para Kirby, rey invicto del videojuego comercial más feel-good, irremplazable por mucho que la propia Nintendo haya intentado ofrecer alternativas; el espacio que ocupa Kirby en el videojuego es personal e intransferible.

PlatinumGames va a lanzar, que sepamos, tres juegos en 2022. Por un lado está Babylon’s Fall, que me parece abominable. Por otro está Bayonetta 3; he hecho y voy a hacer todo lo que está en mi mano para hacer que mi opinión esté tan viciada y comprometida que nadie pueda tenerla en cuenta, para así poder disfrutarlo con la libertad más absoluta. El tercer juego es Sol Cresta, el más excéntrico y esperanzador de los tres proyectos: el único que no es por compromiso (con los fans o con las arcas de la empresa, que no dejan de tener su importancia) y el que mejor encaja con un tipo, Hideki Kamiya, que eligió Gradius como su juego del año de 2015. Uno de los motivos por los que siempre he sentido predilección por Platinum, más allá de sus triunfos y sus miserias, es por cómo en sus inicios daban preferencia a los juegos que les hacían tilín; hay nombres y apellidos fuertes en Bayonetta, The Wonderful 101, Vanquish o incluso Astral Chain: son juegos que tienen no tanto fortalezas y debilidades como filias y fobias. Aunque sea un poco repelente celebrar Sol Cresta aunque sea tan de nicho, lo que representa me interesa de una manera que va más allá de que acabe siendo un juego malo, normal o bueno (que creo que lo será; buenísimo, de hecho); sigo teniendo fe en ese lustre que el platino no pierde nunca, aunque a veces no tenga tan claro si es una propiedad física o una ilusión.

por Pep Sànchez

La tercera dosis. Sé que voy a coger muchos juegos con muchas ganas este año, pero solo uno, con perdón, me lo voy a pinchar. Solo uno es el que necesito y el que cambiaría, sin dudarlo un segundo, por cualquier otro.

Lo de Bayonetta 3 nunca ha sido una broma, malditos herejes, aunque hace no tanto tampoco parecía un asunto de vital importancia. Ahora sí: el desastre de Babylon’s Fall es inevitable y en Platinum Games ya no saben ni preparar un directo para enseñar aquel otro de las navecitas. Toca empezar a poner orden o nos vamos todos a la mierda.

La buena noticia es que Bayonetta 3 es infalible, porque ni siquiera necesita ser mejor que las dos entregas previas –algo imposible y absurdo; el equivalente en videojuegos a los cerdos voladores o a las ranas con pelo (en Bayonetta hay, jaque mate, un sapo gigante hecho con los cabellos de la bruja). A Bayonetta 3, porque se ha ganado ese derecho y porque bastante hemos sufrido ya, con ser más Bayonetta. El tráiler de arriba, esperadísimo y brillante, demostró que eso no va a cambiar ni con un nuevo peinado, ni con peleas de kaijū, ni con Yusuke Miyata.

(He repetido varias veces el título a propósito porque el simple hecho de escribir esa palabra, Bayonetta, ya es divertido. Probadlo en casa. Bayonetta. Es como una voltereta, como una pequeña fiesta sobre tu teclado. Bayonetta. El tres, además. ¡Uf!)

A ver, una cosa. Supongo que no hace falta aclararlo, pero tampoco cuesta nada: el mejor juego de 2022 va a ser la secuela de Breath of the Wild. Lo mismo Elden Ring tiene algo que decir, vale, y nos va a tocar convivir varios meses con el miedo al retraso, cierto también, pero lo normal aquí sería que ganara Link. La espera, sin embargo, va a ser agónica. Sin poder todavía llamarlo por su nombre, buscando en cada tráiler motivos para suponer que lo de la última vez no se podrá repetir, recuperando de nuestras fantasías una versión que funcione a una mayor resolución. Me canso solo de pensarlo.

Con Splatoon 3, que no tiene ningún tipo de presión, pasará justo lo contrario. Es muy probable que su campaña vuelva a pecar de falta de ambición, pero el viaje (promocional) hacia la región de Tintelia será de los que se recuerdan –a temón por vídeo promocional, a fondo de pantalla por artwork. La energía de Splatoon sigue siendo única, incluso en el Panteón de Nintendo, y estos calamares tienen la envidiable virtud de dejar las cosas mejor de lo que las encontraron.

El Kratos barbudo me gustó como al que más, pero siempre pensé que nuestra relación se enfriaría un poco con el paso del tiempo. Que no echaríamos mucho de menos lo del plano secuencia, que lo del músculo gráfico tendría fecha de caducidad, que lo del «boy!» sonaría ridículo unos meses después. Nada más lejos de la realidad: a punto de cumplir tres años, y mientras prepara su llegada al PC, God of War sigue siendo el primero que me viene a la cabeza cuando pienso en un juego contundente e indiscutible.

Desde luego preferiría esperar un año más para que el espartano nórdico nos enseñara, a hostias, qué deberíamos esperar de la nueva generación de consolas. Pero siendo realistas, qué remedio, me conformo con que un God of War Ragnarok intergeneracional nos convenza de que en PlayStation Studios saben cómo gestionar el valiosísimo legado que deja PS4.

Fuente: AnaitGames

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