ENTYCODE:<div data-entity-type=“cc”><font size=“2″>Las opiniones expresadas en este artículo son las del autor y no tienen por qué coincidir necesariamente o exactamente con la posición de Axel Springer o de Hobby Consolas.</font></div>

Vuelve ese momento mágico del año, en el que los ánimos y el «hype» ese se preparan para el inminente E3 2021. Estando como está el percal, no ha quedado otra que volver a hacer un mega evento digital, pero todos estamos deseando que vuelva el concepto de las grandes ferias físicas, donde coloridos stands y pabellones atestados sirven de escaparate para los videojuegos del futuro.


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Servidor de ustedes ha tenido el privilegio de asistir a un buen puñado de estas ferias, desde aquel ya lejano E3 2010. Y uno siempre regresa con las mismas conclusiones: el día después de acabar, estás exhausto, saturado y no quieres saber nada más de la feria. Al día siguiente… Volverías con los ojos cerrados. Y es que este gran festival de videojuegos es capaz de chuparte la sangre si tienes que currar allí, pero a la vez… ¿Cómo vas a renunciar a ello, si puede suponer la oportunidad de conocer en persona a los desarrolladores que admiras?

Un día, puede que te toque ver un juego y después charlar con Tim Schaffer, diseñador de Grim Fandango o Day of the Tentacle: 

Otro día, quizás tengas que hacer cola para un evento y coincidas allí con Katsuhiro Harada y Yoshinori Ono, rostros visibles de Tekken y Street Fighter, respectivamente, durante un porrón de años:

… Y todo eso, para más adelante poder fotografiarte con Keiji Inafune, uno de los mayores responsables de franquicias como Mega Man, Resident Evil o Dead Rising:

Sí, la vida puede ofrecer momentos maravillosos e inolvidables en el E3, pero por el camino tienes que sudar tinta, mucha tinta. Una jornada típica del E3 implica levantarse bien temprano, repasar que la web no se haya venido abajo, desayunar rápido un rollo de canela rápido en un Starbucks de los 57 que haya en esa manzana y salir pitando para el Convention Center de Los Ángeles, que cuando se abren las puertas, eso es una marabunta.

Mientras corres, repasas a toda pastilla el planning de entrevistas y citas del día: comienzas con una partida de media hora un juego en una punta de las instalaciones, para a continuación tener 15 minutos de entrevista en la otra punta. Y cuidado, no sea que haya un cambio de planes porque una consola se ha roto o alguien se ha partido un pie y tengas que recolocar todo tu planning. O puede que te hayan citado en un booth de nombre super extraño que no consigues encontrar en el gigantesco plano del Convention Center… ¡Corre, que el tiempo apremia y Justo el Cámara necesita que grabes un paseo por el stand de Microsoft!

Imaginad ese ritmo desde las 9 de la mañana hasta las 6 de la tarde, con una pausa de 20 minutos para comer (de los que 10 se te irán haciendo cola para conseguir un trozo de pizza con peperoni en la cafetería del pabellón) y, con suerte, alguna cita que se caiga y te den un respirillo en la jornada… Además, en cada una de estas citas has de tomar nota de todos los detalles que puedas y tomar fotos, que a fin de cuentas, el objeto es poder contároslo todo a vosotros. 

Una vez acaba la feria, vas a cenar tempranero y te tiras hasta las 2 de la madrugada publicando noticias, galerías o vídeos con todo lo que acabas de ver, mientras te preparas las preguntas para las entrevistas del día siguiente.

El resultado de todo esto es que, cuando llevas un par de días de feria en sí (después de otro par de días en los que solo ha habido grandes conferencias), tienes la cabeza como una lavadora centrifugando y acabas cayendo en tomas falsas como estas del E3 2015:

Vale, visto desde fuera hasta hace gracia. ¡Ay, qué canelos estuvimos David Martínez y yo y cómo se cachondeaba de nosotros Justo el Cámara! Y digamos que esto es la rutina habitual, pero luego había momentos más EXTREMOS que llegaban a dar hasta miedo.

Mi primer E3 fue en solitario, no vino nadie más de nuestra empresa a cubrirlo. Y la secretaria de entonces no tuvo mejor tino que reservarme plaza en el hotel Cecil. Sí, ese lleno de leyendas urbanas y crímenes terribles que se vio en un documental de Netflix… Ya os digo que el sitio parecía tan sórdido como insinuaba el documental: moquetas sucias, pasillos en penumbra… ¡Y ducha comunitaria en mitad del pasillo, ni siquiera tenías una en la habitación!

Pero peor fue un par de años después, cuando Martínez, Justo y yo acabamos en un motel con las puertas que parecían de papel y coches que CLARAMENTE eran de pandilleros aparcando justo delante. No he temido más por mi integridad antes de dormir en la vida.

Y claro, los disgustos no se daban solo fuera del E3, dentro también te puede pasar de todo. En una conferencia de Xbox (diría que fue la primera o la segunda en la que se vio Xbox One), terminamos de verlo todo, comienzan a desalojar el enorme pabellón, miles de personas salen… Y en mitad de esa salida Justo descubre que se le ha perdido la tarjeta de la cámara, con todo lo que había grabado hasta entonces. Una tarjeta que, por cierto, usa un formato profesional y valía varios cientos de euros… Ante nuestro pavor, Justo se da media vuelta e intenta regresar a la butaca exacta donde se había colocado, para ver si daba con ella… ¡Y el tío la encontró! Los milagros existen y se dan en Los Ángeles.

En otra ocasión anterior, cuando estábamos viajando desde Madrid a Los Ángeles, el vuelo se canceló abruptamente, por no se qué problema del motor. La compañía aérea no tenía más aviones disponibles y no podían darnos una solución inmediata. Para nuestra desesperación, tuvimos que aguardar horas y horas en el aeropuerto, cuando estábamos a apenas un día de que empezaran las conferencias gordas en el otro extremo del océano Atlántico.

Al final, pillamos un vuelo que nos permitió llegar a Los Ángeles, coger un taxi y correr como el rayo… Para llegar justo cuando acababa de terminar la conferencia de Microsoft. Así pues, lo único que nos quedaba era dar un poco el pego, grabando a la salida de la misma, con la gente saliendo y nosotros diciendo «bueno, chicos, acaba de terminar la conferencia y hay ambientazo…» Desde luego, aprendimos la lección: hay que viajar al menos con 48 horas de margen, por lo que pueda pasar.

Tal y como estamos viendo estos días, las circunstancias han hecho que las compañías se acostumbren a dosificar más sus anuncios, para que cada uno tenga su momento de brillar. Eso puede hacer que, quizá, nunca volvamos a tener un E3 tan concentrado y presencial como en el pasado, algo que, sin duda, costaba mucho más dinero a todo el mundo. Por un lado, puede parecer un respiro. Pero, por otro… ¡Ojalá recuperar pronto ese «placer de sufrir» con los momentos jugones más intensos del año! Yo volvería encantado. Ya habrá tiempo de tratar las agujeras luego…

Fuente: HobbyConsolas